La naturaleza de las multiples y complejas de las crisis que nos afectan nos obligan a abordar los problemas de otra manera, más anticipatoria, transnacional, colaborativa y horizontal; nos están recordando la necesidad de pensar en una nueva manera de hacer política que sea más receptiva para las formas inéditas que tendrá que adoptar una sociedad que se hace cada vez más imprevisible. Como aviso para navegantes las reflexiones de este artículo, están fundamentadas en los imputs argumentales de Daniel Innerarity
Las democracias tienen dificultades prácticas para la gestión de los conflictos, pero no porque sean democráticas, sino porque están diseñadas para un mundo que en buena parte ya no existe. A diferencia de otras épocas de la historia, vivimos hoy en una sociedad que está asediada por enemigos exteriores y también por autoamenazas. Se trata de crisis derivadas de la guerra provocada por la invasión de Ucrania la crisis energética y sus consecuencias socioeconómicas, La crisis climática; inundaciones, incendios y sequías que de alguna manera son el resultado de nuestro modo de vida. Aumenta una sensación de descontrol sobre el mundo, que parece discurrir al margen de nuestra voluntad política, es decir, de nuestra capacidad para gobernarlo, llevar a cabo las transformaciones necesarias, limitar los riesgos y equilibrar su desarrollo. Si no entendemos la naturaleza de este anacronismo no podremos hacernos cargo de la crisis de nuestra sociedad.
Hoy nos encontramos en una constelación muy distinta de la época gloriosa de los Estados nacionales, pese a los intentos nostálgicos por recuperar aquella congruencia Nuestras crisis sociales son ejemplos de ese desorden: externalidades medioambientales incontrolables, gobiernos que no pueden controlar el precio de la electricidad, poderes ejecutivos que son directamente desafiados por las autoridades judiciales cuando decretan estados de alarma para las crisis sanitarias, una cogobernanza que no es capaz de conseguir la unidad necesaria respetando al mismo tiempo la pluralidad institucional. Descendiendo a casos concretos: ¿cómo traducir en medidas políticas que consigan una mayoría parlamentaria y, sobre todo, que sean comprendidas por la población? ¿De qué modo equilibrar los imperativos ecológicos y de salud la equidad y la igualdad de oportunidades, con la productividad económica?
La mayor parte de nuestras crisis están causadas porque aquello que en su momento fue una conquista de la modernidad (la libertad de comerciar, producir, cuestionar, desplazarse) se ha convertido en algo disparatado que no atiende a sus posibles consecuencias negativas, como la explotación, la contaminación o la desconfianza. Sabemos que los mercados han resuelto grandes problemas, pero han creado otros, como los relativos al medio ambiente; que la democracia en un gran invento en lo que se refiere a la toma de decisiones públicas pero que no nos libra de algunos errores colectivos. No queremos renunciar a esa productiva división del trabajo y del poder, pero hoy asistimos más bien a su incompatibilidad que a su beneficiosa limitación mutua.
Las sociedades contemporáneas no conseguimos articular sus diversas lógicas (de lo que ha sido un buen ejemplo la tensión entre sanidad, ciencia, economía o educación). El problema es que sabemos hacer más o menos bien cada una de esas cosas, pero no acertamos, por ejemplo, a coordinar las evidencias con las medidas políticas y contando con las instituciones que se ocupan de la legalidad. Se plantean problemas de incompatibilidad entre eficacia, libertad, igualdad y legalidad, mientras que la pluralidad de actores que intervienen en la gestión de la crisis aparece más como un problema que como una solución.
El verdadero problema consiste en que es la propia sociedad la que está en crisis porque la gestión de estas crisis se tiene que llevar a cabo en un mundo que es interdependiente, descentralizado, postcolonial, de inteligencia distribuida, radicalmente plural. Los problemas son nuevos, y en consecuencia las soluciones viejas no nos sirven.
Como conclusión incluyo unas breves reflexiones del Premio Nobel de Economía J. Stiglits Se refiere a la crisis del 2008 que implicó el cierre del gasto público y privado para ?salvar? las estructuras financieras ?Donde las potencias mundiales fortalecieron sus posiciones de predominio económico sin que posibilitaran progreso para los pueblos. A su vez seguimos consumiendo recursos no reciclables del planeta sin que ello genere bienestar para la presente generación ni asegure el futuro de las generaciones venideras?, En nuestro caso, en Balares supuso la muerte de una clase media creciente gracias al boom turístico y de construcción con sus errores incluidos. Los efectos de tal crisis en la macroeconomía fueron relativos, pero fueron muy graves para la microeconomía empresarial (pymes/autónomos) y para las condiciones de vida de los segmentos sociales medios y bajos (inflación/salario, inestabilidad?) en riesgo de exclusión social y económica?.
Hemos recuperado satisfactoriamente la actividad turística, aunque quedan asignaturas pendientes para garantizar un desarrollo sostenible y sostenido. Podemos morir de éxito. Regresar a las viejas soluciones, puede ser un gran error.